LA CONCORDIA: UNA ACTITUD NECESARIA PARA EL PROGRESO

 

Introducción

La concordia puede definirse como la disposición de la voluntad para conseguir acuerdos, entre personas o instituciones, orientados al logro de objetivos comunes o a la solución de conflictos. Es con ella como las sociedades y los grupos humanos progresan hacia cotas cada vez más altas de desarrollo en equidad. 

En cuanto tal, es una condición imprescindible pero no suficiente; debe ir acompañada de una manifestación previa, ab initio, de vinculación con el resultado, plasmado en acuerdos equitativos para todos los implicados. 

La concordia no es, pues, un fin en sí misma, sino una premisa, el bagaje exigible para transitar el camino que conduce al predominio de los valores éticos en la toma de decisiones. Estos valores, puestos de manifiesto en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, han de acompañar toda actitud de concordia concebida como instrumento de progreso. 

Concordia, compromiso, equidad y valores éticos son el conjunto de principios que alienta nuestro proyecto.

 

La concordia en nuestro pasado

Uno de los procesos históricos en los que la concordia ha desempeñado ese papel que le atribuimos en la introducción es el de la construcción europea. Desde los inicios de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero hasta la actual configuración de la Unión Europea, se han ido dando pasos sucesivos en esa construcción del antiguo sueño carolingio, en los que la confrontación como mecanismo de ordenación de la convivencia de los pueblos se ha abandonado y se ha sustituido por una voluntad de alcanzar acuerdos equitativos y vinculantes con cesión parcial de soberanía. Así, la concordia se ha convertido en la argamasa y el modus operandi más eficaz en la construcción de Europa, haciendo patente cómo el acuerdo satisfactorio para las partes es el mejor instrumento, el que nuestro tiempo exige, para la construcción y el funcionamiento de las instituciones europeas. 

La concordia como medio para la solución de conflictos alcanza un valor paradigmático en los procedimientos seguidos en las deliberaciones de la  Concordia de Alcañiz, previas al Compromiso de Caspe, que solucionó de un modo pacífico lo que pudo ser un conflicto importante en el seno de la Corona de Aragón en los albores del siglo XV. Como es sabido, ante la falta de descendencia a la muerte de Martín el Humano, les incumbía a las Cortes de Aragón la elección del rey; no obstante, quisieron compartir con las cortes de otros territorios esta decisión, para lo que todas fueron convocadas a una reunión en la villa de Alcañiz. De este modo, por iniciativa del parlamento aragonés  el sistema de elección se acordó con los de Cataluña y Valencia (Mallorca se incluyó entre los parlamentarios catalanes), en un claro ejercicio de concordia.

La historia documenta otros ejemplos posteriores de consenso, pacto o acuerdo, que llegan hasta la actualidad, con el ejemplo reciente de la transición política española de la dictadura a la democracia. En todos ellos se pone de manifiesto cómo, si bien la concordia debe formar parte de los mecanismos institucionales y sociales de una sociedad justa y equitativa, con frecuencia, para que sea posible, corresponde a alguno de los concernidos en el asunto que se trate, tomar la iniciativa y buscar las condiciones  adecuadas para llegar al consenso.

 

La concordia en nuestro aquí y ahora

 En la sociedad postindustrial, la diferenciación de clases sociales se ha ido haciendo cada vez menos nítida. El acceso a la educación y la formación ha servido para hacer las sociedades más igualitarias. Ello no obstante, las tensiones inherentes a la convivencia social siguen existiendo y reclamando procedimientos que encaucen adecuadamente la competitividad y los intereses contrapuestos, resuelvan los conflictos existentes y prevengan los que pudieran producirse. 

Si la confrontación había servido de manera darwiniana, a través de la selección y la competitividad, al progreso tecnológico y material de la sociedad, en la actualidad las sociedades desarrolladas necesitan otros mecanismos que faciliten la cooperación para que los progresos obtenidos sean proporcionales a los esfuerzos invertidos, se minimicen los efectos negativos de los errores y se consoliden los progresos para todos.

El manejo inteligente de las complejidades en concordia  es el mecanismo de progreso social más eficaz frente a la simplificación del planteamiento de la lucha o confrontación a la que sigue la imposición del criterio del más fuerte, que fue la norma en el pasado y por desgracia todavía se plantea en nuestro tiempo como una alternativa a los proyectos de cooperación. 

La concordia, tal como se viene caracterizando en estas líneas, afectará a la mayor parte de proyectos de nuestra comunidad, si no a todos. Entre ellos cabe referirse, a modo de ejemplo, a los siguientes:

 

LA CREACIÓN DE PROYECTOS COOPERATIVOS INTERTERRITORIALES 

Cuando se plantean proyectos ambiciosos que afectan a territorios o estados distintos con intereses particulares, existe la tentación para las partes de obtener ventaja de la situación coyuntural, actitud que incluso puede ser aplaudida por la sociedad. Sin embargo la ventaja de hoy puede convertirse en una desventaja mañana si no se adquiere la perspectiva  necesaria para que, lo que hoy decidamos pueda seguir dando los frutos pretendidos. 

De lo dicho se deduce que es de mayor utilidad y eficacia en la realización de proyectos que la concordia presida tanto su planteamiento como la asunción de consecuencias sean positivas o no. 

Aunque pueda parecer que concordia y competitividad son conceptos antagónicos, no es así. En el deporte, por ejemplo, es claro que se puede competir y estar de acuerdo en que la lucha ha sido noble y los resultados aceptados en concordia; la competición no se desarrolla con la única finalidad de vencer, sino que tiene por cimiento el deseo de ampliar los límites de las propias capacidades humanas, de reconocer la valía de un esfuerzo que redunda en beneficio de todos. 

Más allá del ámbito del deporte, el afán de superación propio de la competición y que conduce a logros que luego serán de uso común, podríamos denominarlo como competición o competencia cooperativa. Naturalmente, se hace necesario consensuar unas reglas de juego que faciliten el progreso y aumenten el rendimiento de las actuaciones personales inspiradas y dirigidas por valores éticos.

 

LA CONCORDIA Y EL PATRIMONIO CULTURAL

 Entre los elementos vertebradores de la sociedad, la cultura y mejor aún el patrimonio cultural en sentido amplio, es uno de los que más sirven a la cohesión social. 

Por patrimonio cultural se entiende no solamente el monumental y artístico, sino también el paisajístico, histórico, musical, gastronómico, etnográfico y todos aquellos aspectos que son propios del acervo cultural de un territorio.

Este concepto de patrimonio común representa en gran medida las señas de identidad de un pueblo y no debe utilizarse para marcar diferencias respecto a otros sino para afirmar las  propias cualidades. 

Si el patrimonio cultural es un reflejo del “alma” de una sociedad, cuando somos capaces de reconocer un patrimonio común a varios pueblos y considerarlo como propio de todos, estamos construyendo vínculos profundos que facilitan la concordia en otros aspectos de las relaciones sociales. 

La ubicación, la titularidad, o el uso de un bien cultural concreto no deben ser un obstáculo para el reconocimiento de pertenencia al conjunto de pueblos a los que identifica, sino sólo circunstancias motivadas por su devenir histórico.  Lo realmente importante es que el conocimiento y disfrute del patrimonio cultural común ha de ser accesible para todos los ciudadanos.

 

LA CONCORDIA Y LA ESTRUCTURA POLÍTICA DEL ESTADO

Uno de los más candentes temas en la actualidad de nuestros territorios es la forma que pueda adoptar la estructura política del Estado, especialmente desde que partidos políticos y asociaciones civiles de Cataluña han planteado la posibilidad de decidir en una consulta o referéndum su futuro político. 

Cualquiera que sea la solución final de este conflicto a corto, medio y largo plazo, esta no podrá alcanzarse de modo satisfactorio si no es en términos de concordia, esto es, con “la disposición de la voluntad para conseguir acuerdos”, según reza el primer párrafo de este documento. La voluntad para conseguir acuerdos conlleva per se la escucha atenta de las razones del otro, lo que a su vez implica el reconocimiento de su derecho a expresarlas libremente y a que sean debatidas sin juicios previos. 

Para poder resolver un conflicto mediante la concordia es preciso que la sociedad en la que el conflicto se ha generado reconozca como legítimos los sentimientos y  los anhelos de todos sus miembros, siempre que el modo en que se manifiesten y en que se proponga su satisfacción sea por vía pacífica y democrática. Al mismo tiempo, es preciso también que todos los ciudadanos dispongan de información veraz y objetiva sobre las consecuencias de las decisiones que tomen; la manipulación u ocultación de esa información, las trabas al debate abierto y libre, la falta, en suma, del reconocimiento del otro, son serios obstáculos para que la concordia sea un instrumento eficaz en la resolución de conflictos.

Como también se señala en el Manifiesto de los Foros, la concordia debe presidir las relaciones en nuestra sociedad más allá de las legítimas opciones políticas de cada grupo o individuo, todas ellas dignas de respeto.

 

A modo de conclusión

La concordia ha resultado ser —y debe continuar siendo— un mecanismo fundamental en la construcción europea, en la resolución de conflictos y en la creación de proyectos cooperativos. 

La concordia se potencia con el reconocimiento de un patrimonio cultural común, ha de presidir las relaciones sociales y se expresa de manera singular en el manejo inteligente de la complejidad, teniendo siempre presente el mejor servicio posible a los valores éticos de universal reconocimiento. 

Si los tiempos actuales, que amenazan a aquellos viejos sueños de comunidad de consenso y convivencia pacífica, parecen los menos indicados para la construcción, para la suma basada en el consenso, nuestra actitud debe ser si cabe más entusiasta, en la convicción de que solamente el ánimo de concordia puede propiciar la superación de diferencias y encaminarnos hacia soluciones comunes.